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Noche de espanto

[Un texto de Diana Luz Oliva Cárdenas]

Se espera que la de hoy sea una verdadera noche de espanto.

Y cómo no va a serlo si ya con ver en el calendario la proximidad de las fechas tanto de Halloween como los días de Muertos hace que a uno se le enchine la piel de terror. Y no porque se crea en fantasmas, aparecidos, brujas o porque piense que la tía vieja a la que le hicimos maldades en vida vaya a venir a jalarnos los pies. Nada de eso.

Lo que hace que estas noches sean de auténtica pesadilla son (aunque no lo crean) los niños. Bueno, algunas especies de niños. Véase por qué:

A estos pequeños seres no les bastan los nacionalísimos y tradicionales días de Muertos para pedir lo que en buen castellano se denomina calaverita (consistente en una pequeña dotación de dulces o de dinero), no. También arrastran la céltica y norteña celebración del Halloween y las juntan para su beneficio.

De esta manera, vampiros (con esos horribles colmillos de plástico), fantasmas (con una sábana que los cubre por completo y se trompican cada vez que bajan o suben algún escalón), calabazas (ese disfraz donde los niños van dentro de la calabaza de tela, es genial) y alguno que otro engendro (disfrazado (¿?) con las garras más viejas que encontró y con la cara pintarrajeada de lápiz labial oscuro), hacen suyas las calles.

Así, desde la tarde del 31 de octubre, estos malévolos seres del inframundo se desatan entre la indefensa población para asolarla con sus escalofriantes apariciones.

Cada vez que tocan algún timbre se escucha la temida frase:

–¡Queremos Halloween!

“¿Queremos Halloween?” ¿Qué es eso? Es decir, ¿qué manera de pedir es ésa? Tiene más tintes de demanda que de petición.

Para quienes no tienen preparado nada (que son la mayoría) es la señal que el suplicio ha comenzado (aquí deben escucharse unas estentóreas carcajadas malignas, favor de imaginárselas).

Hacia las cuatro de la tarde suena el timbre por primera vez: RING, RING:

Como ya se sabe de lo que se trata, el dueño de la casa intenta abstraerse e ignorar el ruido, pero estos implacables seres vienen a demostrar que sus fuerzas son superiores a las de los simples mortales por lo que, entonces, sucede lo inevitable:

RRRRIIIINNNNGGGG, RRRRIIIINNNNGGGG, RRRRIIIINNNNGGG.

Se quedan pegados de manera espeluznante al timbre. Además, no les basta tocar así una vez. Lo hacen hasta que alguien, furioso, les responde a gritos o hasta que se cansan de esperar.

Hacia las seis de la tarde, la rutina ya es francamente letal: Los timbrazos se repiten cada cinco minutos (si uno tiene perros es peor). Las calles se ven infestadas de grupos integrados, por lo menos, de seis niños y, por lo menos también, de dos adultos.

Uno no ve para cuando finalizará La Danza de los Malignos.

Aquí alguien podría aducir que cuánta maldad, cómo es posible, son unos niños, etcétera, etcétera, etcétera. Sí, de acuerdo. Pero qué niños:

Si uno contesta el interfón y no les da algo, lo abuchean; si uno no abre, le mientan la madre; si uno reclama que no se peguen del timbre, le pintan la puerta y; en grado máximo, si uno llegara a reclamarles airadamente y dejó su carro afuera ya puede ir preparando un té de boldo porque seguramente al día siguiente va a encontrar su carro pintado con aerosol y capeado por los huevos (blanquillos, productos de gallina o prepollitos, como se les quiera llamar) que le hicieron favor de estrellar.

Es así como todos los mortales que querían descansar en paz (¡ups!) en su casa, pagan caro la osadía de no tener algo para darles.

Con antecedentes así, ¿no será una verdadera noche de espanto?

Categorías:Humor
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