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Talleres Mecánicos

Ir a un taller mecánico es una de las experiencias más emocionantes y aterradoras a las que alguien se pueda enfrentar.

Parece ser que los mecánicos no son humanos; de hecho, parecen engendros diabólicos sabios, capaces de saber cosas que los seres normales nunca comprenderíamos aunque nos lo propusiéramos; por ejemplo: cambiar un filtro o limpiar un borne, tan sólo por nombrar dos aspectos. Los años de estudio del comportamiento mecánico nos permite hacer la siguiente clasificación:

El señor

Cerca de nuestra casa, siempre hay un señor que compone los automóviles en la calle, generalmente anda medio briago y con un overol que alguna vez fue azul. El color del señor nunca lo ha sabido nadie. Presume que para él no hay falla que no pueda arreglar y opina que todos los que arreglaron el vehículo anteriormente son unos ineptos que nos vieron la cara. El único mecánico honrado es él mismo, según (claro) él mismo (valga la modestia).

Siempre hay algún amigo irresponsable que nos convence de llevar nuestro automóvil con el señor.

Siempre hay que recordar que si a nuestro automóvil le toca un señor de ésos, se jodió para siempre; es como entrar en el mundo de la droga o de la prostitución: No hay vuelta atrás. Inevitablemente uno se envicia y sigue llevándole el coche al señor, aún a sabiendas de que cada vez queda peor; es más, hasta se lo recomendamos a otros amigos.

Los genios

Son, generalmente, señores de mal humor que no aceptan que nadie opine del problema que uno sabe que tiene el coche que anda día y noche con nosotros. Uno le dice aterrorizado: “Creo que le está sonando la rueda delantera derecha”. Él nos mira con profundo desprecio y dice que no, que es la caja y que hay que bajar el motor a riesgo de tener que anillarlo, cambiar el árbol de levas, el camarín, los pistones y, si sigue sonando, habrá que revisar una cosa misteriosísima, la cual nunca he podido saber qué es ni dónde queda, y que la llaman tripoides.

Si uno es hombre, peor, porque tiene que dárselas de que entendió lo inentendible; en caso contrario, todos los del taller piensan que uno es jotón. Por ejemplo, si uno pregunta:

–¿Y qué es árbol de levas?

Todo el taller contestará al unísono:

–¡Aaaaayyyy, se me rompió una uña!…

Los amigos

Los que son muy amistosos pero que no saben nada. Estos especímenes son peligrosísimos porque son simpáticos, te ofrecen café, cuentan chistes, pero le hacen caso a uno que no sabe nada de mecánica, todo lo contrario que los genios. Si uno les dice:

–¿No serán los inyectores?

¡RAAAAAAZ!

Sin pensarlo dos veces bajan los inyectores y… resulta que no.

Para colmo, te dicen mientras terminas la taza de café:

–¡Váyase tranquilo! Nosotros vamos a seguir desarmando. Cualquier cosita, le avisamos.

Los perversos

Son los que normalmente tienen sus guaridas escondidas en tenebrosas carreteras o en barrios recónditos a los que ni los policías más chuecos se meten. Estos talleres casi siempre los cuida un perro negro, corriente, sarnoso y bravo. Cuando notan la desconfianza en la mirada del dueño del vehículo dicen:

–Tranquilo, aquí se trabaja a conciencia, de manera legal y muy bien… ¿o no, Tuercas?

Y por allá, debajo de un vehículo de dudosa procedencia, contesta el Tuercas:

–Pseeee.

Los que usan delantales pulcros

Son talleres muy bien instalados. Cuando uno llega, casi no permiten hablar de tanta atención y, cuando uno logra hacerse escuchar, una secretaria lo va anotando todo en una computadora. Mientras más habla uno, más caro te sale el chistecito.

Te dan café y te mandan a sentar en una salita donde hay revistas y musiquita de Richard Clayderman, donde uno se encuentra con otras personas con caras asustadas, igual que uno.

Al poco rato vocean con una voz sensual:

–Señor Navarro, señor Navarro, favor de pasar a la rampa número tres… rampa número 3.

Ahí va uno a la rampa número tres, como si se tratara del patíbulo o de un funeral. Y, voilá, allí está el vehículo con el cofre levantado y todas las puertas abiertas, rodeado de hombres pulcros de batas blancas y azules, diciendo que no con la cabeza cada vez que ven cualquier pieza del automóvil.

Al parecer, éstos son los mejores mecánicos, porque son una combinación perfectamente maléfica de todos los anteriores.

 

Sin embargo, hay una característica que tienen absolutamente todos: Les jode que el cliente esté mirando mientras ellos arreglan el automóvil. Incluso, en un taller llegué a ver el siguiente letrero:

“Las únicas personas que trabajan con el cliente encima son las prostitutas”

Así pues, la próxima vez que se descomponga el automóvil, no hay por qué insistir. Simplemente hay que tirarlo: Es menos estresante y más económico.

Nota final: Si el cliente del taller mecánico es mujer, hay que multiplicar todos los inconvenientes por diez.

Categorías:Humor
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